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«Empecé a jugar a los 8 años y creo que no dejé de hacerlo hasta que toqué
fondo. Tenía 56 años. La fortuna hizo que me tocase en varias ocasiones la
lotería y la quiniela y lo que parecía suerte se convirtió en mi ruina. Me lo
jugué prácticamente todo». Éste es el testimonio de Julián, un jugador
compulsivo que hace tres años echó la que confía que sea su última moneda en una
máquina tragaperras.
Desde entonces, ha cambiado las largas horas consumidas en los bares por las
sesiones de Jugadores Anónimos de España, donde le ayudaron a dejar el juego.
La organización celebra el día 12 en la ciudad el vigésimo aniversario de su
implantación en Asturias con una reunión informativa que se celebrará a las
siete y media de la tarde en su sede de la calle Cuba.
Julián no tiene
palabras para agradecer la ayuda que le prestó la entidad, al igual que
Josefina, la mujer de otro jugador compulsivo que acude periódicamente a los
grupos de Familiares Anónimos de Jugadores. Ambos, que prefieren mantener el
anonimato como aconseja la asociación, quieren, con su testimonio, demostrar a
las personas que sufren ludopatía y a sus familiares que la adicción al juego
también tiene cura.
Julián es una de esas personas a las que la suerte,
al menos en el juego, parece acompañarles. «En el año 71 gané en la lotería
250.000 pesetas y luego alguna quiniela de 500.000 pesetas. El último premio
importante fue en el año 2002 cuando me tocaron 3,8 millones de pesetas, de los
que para casa quedó poco más que el dinero que costó una vitrocerámica. El resto
me lo jugué y ahí inicie una imparable cuesta abajo». Su trabajo en Aceralia le
garantizaba unos ingresos elevados que le permitían gastar al mes en el juego
entre 1.200 y 1.800 euros sin que en su casa «faltase de nada». «Durante muchos
años hacía 31 dobles al mes en la empresa y eso era mucho dinero, además
entrenaba a equipos lo que me permitía tener un margen de dinero extra para mis
cosas». Sus elevados ingresos no le impidieron, sin embargo, acumular deudas.
«Llegue a pedir quince millones de pesetas en créditos para cosas que nunca
hice. Por ejemplo, tengo una casa en Zamora que con el dinero que pedí al banco
para arreglarla ya la podría haber restaurado varias veces y ahí está sin
reparar aún». En algunas ocasiones se hizo la promesa de dejarlo y por
temporadas estuvo sin jugar hasta que cayó en las máquinas tragaperras. «Para mí
fue lo peor. Conseguí dejar el bingo y otros juegos cuando me lo propuse, pero
con las tragaperras no pude pese a habérselo prometido a mis hijas. En cuántas
ocasiones dije que iba a pasear a la perra y pasaba horas en el bar mientras que
el animal no veía la calle... A veces llegaba a un bar a las siete de la tarde y
me marchaba a las dos del día siguiente», comentó apesadumbrado aunque a la vez
con la satisfacción que le da poder contarlo como algo superado.
Esta
situación hizo que la convivencia en su casa se fuese deteriorando, pese a que
Julián asegura tener «la mejor mujer y las mejores hijas del mundo». «Diría que
no me las merezco y nunca podré agradecerles lo que me aguantaron». «Llegue a
pasar más tiempo jugando que durmiendo y contaba una mentira tras otra para
poder seguir haciéndolo». Fue un problema familiar el que hizo que Julián
recapacitase. «Anduve tres días perdido por Avilés sin rumbo hasta que llegué,
sin saber por qué, al centro de planificación familiar. Allí me atendió una
trabajadora que, tras escucharme, me preguntó si no había pensado nunca que ese
dinero que gastaba en las máquinas podría llegar a necesitarlo para alguien de
mi familia. Eso me hizo recapacitar y ese día decidí que no iba a volver a
jugar». A partir de ahí, Julián inició su recuperación. «Me pusieron en contacto
con la asociación y empecé a ir a las sesiones. Allí me escucharon y logré
también escuchar a los demás, algo que hasta entonces me resultaba imposible de
hacer».
Josefina representa la otra cara de la moneda: la de los
familiares que ven cómo su vida se les viene abajo por la «mala cabeza de un
jugador». Ella dice no poder aún olvidar todas las noches que pasó sin dormir
por la adicción de su marido al juego. «Tuve la gran suerte de que no llegó a
acumular deudas, pero la confianza de la pareja se destruyó. Era un mentiroso
compulsivo. Yo no tenía a mi lado un compañero, sino una persona que hacía lo
que le daba la gana». La recuperación de su marido fue lenta y con dos recaídas
que le hicieron perder la esperanza de que la pesadilla pudiera tener fin. «Cada
vez que sabía que volvía a jugar me venía abajo. Nunca olvidaré una Nochebuena
en la que estuve toda la mañana trabajando para dejar la cena preparada antes de
ir a trabajar. Era la primera Navidad que pasábamos en el piso que acabamos de
comprar y ese día me desaparecieron 7.000 pesetas de casa. Puede parecer algo
anecdótico, pero lo de menos era el dinero, sino el hecho de ver que de nuevo me
engañaba. Pasé aquel día sin dejar de llorar...».
Fue una compañera de
trabajo quien la animó a acudir a la asociación. «Ella se había separado por
este problema y le pedí ayuda». Josefina confía en que su marido, ya muy
recuperado, pueda salir de la ludopatía de forma definitiva. «Aun asiste a las
reuniones, pero durante ocho meses tuve la sensación de que simplemente estaba
allí ocupando la silla... hasta que fue dándose cuenta del problema. Yo al menos
allí encontraba comprensión»
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