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escrito por http://actualidad.terra.es/
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ENTRE las responsabilidades que caben en la mesa del vicepresidente segundo del Gobierno, Pedro Solbes, no es la menor, y menos aún si se atiende a su volumen dinerario, la administración de las distintas Loterías y Apuestas del Estado, un disparate clásico que incita a los españoles a jugar más de 9.000 millones de euros anuales, billón y medio de pesetas: 225 euros per cápita, infantes incluidos. Sólo este dato justificaría el título que encabeza esta columna, pero hay más.
El año pasado, según desmenuzaba ayer en sus detalles el gran reportaje de Juan Fernández Cuesta, los españoles nos jugamos un total de 27.286 millones de euros -¡683 euros per cápita!-. Tan elefantiásica cantidad se reparte entre los distintos juegos que administra Solbes, los de la ONCE, bingos, casinos... y, lo que más me alarma: las máquinas tragaperras.
La cifra total de las maquinitas de marras supera los 10.000 millones, más que todas las Loterías y Quinielas juntas; pero, mientras los demás juegos limitan su presencia a unos escenarios concretos y, por ello mismo, exigen a sus practicantes la voluntad de jugar, las tragaperras, como una enfermedad con metástasis, se salpican por todos los escenarios de la vida nacional y centran su presencia en bares y cafeterías. Lugares a los que, sin grandes limitaciones, tienen acceso menores de edad a los que se les impide tomar una caña de cerveza, pero se les consiente probar fortuna en esas máquinas diabólicas de las que sólo sacan fruto sus fabricantes e instaladores en complicidad con el Estado que las tolera «a porcentaje». Algo escandaloso suavizado por la costumbre.
Somos el país del mundo que aplica más porcentaje de la renta personal a los juegos, activos o pasivos, autorizados y legales; pero, insisto, lo intrínsecamente perverso, dentro del mal general, es la propuesta del azar indiscriminado, apto para menores, de las tragaperras a las que llaman «B» para distinguirlas de las «C», las de los casinos. Lejos de luchar contra la ludopatía que nos afecta, y que se extiende a temerarias partidas de naipes en los bares de los pueblos, aquí se forja como escuela de costumbres el que un chaval se juegue todo su «capital» -la cuota para sus gastos personales de que le provee la familia- apretando el botón de unas máquinas que puede encontrar sin necesidad de buscarlas. Incluso he visto, como adheridos a ellas, a viejecitos de pensión asistencial tratando de ordeñar el euro que les falta en sus raquíticas cuentas vitales, a base de gastar los cinco o seis de su subsistencia diaria. Todo, eso sí, con la protección, el control y la participación del Estado. La moralina con la que nuestros abuelos aliñaban la más sosa vida española solía insistir en que «no hay lotería como la del trabajo», pero el cambio de tiempo, moral y cultura nos lleva al azar y al subsidio. Qué pena. |